Antes de que los hombres tallaran reinos en piedra, antes de que el acero probara la sangre, existía la Dragoness: antigua, soberana y libre. Cuando desapareció entre las tormentas de la leyenda, dejó tras de sí algo más que recuerdos. Dejó sus huevos.
No eran cáscaras frágiles. Eran recipientes de fuego contenido: lisos, pesados y con un leve pulso de calor, como si algo en su interior aún respirara. Sus superficies brillaban con vetas metálicas y una luz oculta, como escamas forjadas en magma y enfriadas bajo cielos iluminados por la luna.
Quienes se atrevían a tocarlos lo sentían al instante: un zumbido silencioso bajo la piel. No suficiente calor para quemar, pero sí para despertar.
Durante siglos, estas reliquias fueron buscadas, codiciadas y temidas. Muchos creían que los huevos contenían fragmentos de la propia Dragoness: fragmentos de hambre, dominio e instinto puro. Acunar uno era sentir cómo aquella presencia devolvía la presión.
De todos quienes los encontraron, los clanes orcos fueron quienes comprendieron su propósito de la manera más íntima.
Para los orcos, el poder nunca estuvo separado del placer. La fuerza no era solo conquista: era resistencia, apetito y dominio del propio fuego. Cuando un guerrero reclamaba un Dragoness Egg, este se convertía tanto en símbolo como en secreto.
En la intimidad de tiendas densas de humo y respiraciones, los huevos eran acogidos como instrumentos de arraigo y despertar. Su peso anclaba el cuerpo; su forma lisa y redondeada provocaba sensaciones lentas y deliberadas. Los amantes orcos los compartían y se ofrecían la reliquia como prueba de confianza, dominio, entrega y calor compartido.
Llevar uno era mostrar ausencia de miedo.
Empuñarlo era exigir atención.
Entregarse a uno era abrazar la brasa de la Dragoness en el interior.
Pasaban de generación en generación: pulidos por el tacto, calentados por la piel y venerados como reliquias donde el fuego y la carne se entrelazaban.
Ahora, aquella leyenda vuelve a vivir.
Cada Dragoness Egg conserva el eco del hambre dracónica y el espíritu intrépido de quienes se atrevieron a reclamarlo. Liso. Pesado. Vivo con una promesa silenciosa.
Sostén uno el tiempo suficiente y quizá lo sientas:
ese calor lento y ancestral despertando en tu propio cuerpo.