En las tierras baldías blanqueadas por el sol, donde el aire tiembla y el horizonte se funde consigo mismo, los viajeros hablan de un desierto que brilla como si hubiera sido bendecido —o maldito— por un dios de la riqueza. Desde lejos parece arena.
De cerca, es oro.
Y debajo yace el Grand Wyrm.
No un dragón alado de tormenta y humo, sino un antiguo draco serpentino ligado a la tierra que duerme bajo dunas de monedas y polvo, enroscado alrededor de su extraño tesoro. El wyrm no acumula por codicia. Acumula porque el oro retiene el calor, y el calor lo mantiene soñando: sueños lentos y pesados que se elevan sobre el desierto como un perfume.
Así es como la gente lo encuentra.
Un peregrino solitario sobre una cresta, bastón en mano, observando el resplandor. Un pequeño compañero agazapado entre los matorrales. Un susurro de viento que no parece viento, sino el aliento exhalado por algo enterrado e inmenso. Entonces las dunas se mueven y los granos dorados se deslizan para revelar la guarida del wyrm: una entrada acanalada y escamosa, medio engullida por el tesoro, como si el propio desierto intentara ocultar aquello a lo que no puede resistirse.
Las antiguas historias advierten: no caves para encontrarlo. No lo llames a gritos.
El Grand Wyrm solo responde a la paciencia.
Quienes se acercan en silencio juran que pueden sentirlo antes de verlo: un calor que presiona desde abajo, un pulso lento en el suelo, un ritmo constante que tira del cuerpo como la marea tira de la orilla. Y cuando el wyrm se agita, no se abalanza.
Él invita.
La entrada de su guarida está revestida de texturas de piel de dragón, espirales y escamas elevadas que rozan la piel como una promesa. Grand Wyrm es una criatura de presión y repetición, de calor que crece lentamente, de sensaciones que se vuelven más intensas cuanto más tiempo permaneces. Enseña un tipo particular de rendición: no por miedo, sino voluntariamente, como adentrarse en la luz del sol y decidir no protegerse los ojos.
Dicen que quienes pasan una noche cerca de las dunas doradas despiertan con polvo de oro en las manos y una extraña calma en el pecho, como si el sueño del wyrm hubiera penetrado en ellos: cálido, pesado, decadente. Nunca lo describen como una lucha.
Lo describen como estar retenido.
Sostenido por algo ancestral.
Envuelto por algo paciente.
Reclamado no mediante la violencia, sino por la certeza constante de una criatura que dispone de todo el tiempo del mundo.
Y por eso los peregrinos siguen acudiendo, siglo tras siglo, de pie sobre la cresta, contemplando el mar reluciente y esperando que el desierto se mueva… y que Grand Wyrm vuelva a abrir su guarida para ellos.